La conocí en una cafetería, y eso pinta bien para mis fantasías más inocentes de conocer a mi amor de cafetería, como en las películas. La primera vez que la conocí fue en medio de una discusión divertida que terminó acalorada entre opiniones encontradas.
Me pasó inadvertida, pero la segunda vez que la ví pude rápidamente recordar su nombre porque su inicial está tatuada en uno de sus dedos índices. Ella no recordaba mi nombre tampoco.
Hablamos de la vida, su charla es espontánea, puede bucear entre superficies triviales, sumergirse a lo profundo y sonreír. Entiende los chistes con juegos de palabras, sigue con atención y paciencia laberintos inesperados de confusión, inecesarios pero que son creados por accidente, porque tengo tanta información en mi mente que me cuesta trabajo ordenar. Ella te detiene cuando es prudente hacerlo, es cortés y amable. Quiere saber qué es lo más difícil cuando te mudas de país, bueno, sinceramente llegar con poco dinero. A lo demás siempre te puedes acostumbrar - le digo el viejo dicho - a todo se puede acostumbrar uno menos a no comer.
La estaba pasando tan bien que me preocupó mucho el tiempo que había transcurrido. Me incomodaba el hecho de que su cortesía evitara cortarme la charla, porque podría yo hacer otras mil preguntas o seguir hablando, y escuchando, escuchando y hablando, hablando y escuchando toda la tarde, hasta la noche.
Ella se levanta inesperadamente para ir al baño, y se hace incrementa un pulso de señal en mi cerebro, como delta de Dirac, e interpreto su movimiento de que es la premonición para cortarme la charla. Me levanto instantáneamente e inesperadamente yo también. Me dice que tiene que ir al baño que aún no se va a ir. Pero mi cerebro exige una acción lógica, aunque parezca tonta, la mejor respuesta que encontré fue decir que ya me tenía que ir. Fue extraño, nos quedamos mirando, yo sin saber que estaba pasando o saber qué hacer, nos abrazamos para despedirnos. Me separo rápidamente, porque pienso en que no me bañé por la mañana, y quizá huelo feo, pero tampoco quiero actuar invasivo.
Cruzo la puerta de la salida de la cafetería y pienso, ¿La espero a que regrese? No, eso ya caería en lo raro. Creepie.
Cruzo la acera, pienso en el tatuaje de su mano, su cabello castaño ondulado, sus ojos verdes esmeralda, su risa, vamos amigo, hacía mucho tiempo nadie entendía tus chistes estúpidos, inventas tus propios chistes, tu grado de asperger, regresar dentro de ocho días a la misma hora. Ella no me llamará, aunque tuviera ganas, al otro día lo olvidaría. Yo no la llamaría porque sería raro.
Me voy, y se me ocurren mil cosas, regresar y buscar la más simple. ¿Te gusta la pizza?. Bueno, no le dije que me quería ir porque ya tenía hambre y buscaría algo para comer. Tal vez ella quisiera comer también.
Me pongo los audífonos, enciendo la música y me pongo a seguir los movimientos de la batería de los Yeayeayeas, así, la mañana siguiente no me acordaría de ella, porque seguramente ella tampoco, y la vida sigue. Larga o hermosa vida para ella.
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